Expiar la culpa

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Acompañando a la brisa se escucha algo. Es una voz que repite un nombre, el suyo, junto a una petición, casi una súplica para que detenga su frenética carrera. Pero ahora él tiene algo que hacer. Sin duda su única alternativa, el único modo por medio del cual pagar en cierta medida, al menos para la paz de su conciencia, aquel pecado en realidad imperdonable.

Ya había llegado. Estaba a un solo paso de su destino, cuando unos recios brazos rodearon su cuerpo, impidiendo que lo hiciera.

-¿Adónde crees que vas?

-Debo redimir mi error.

-Todos sabemos que tú no eres el único responsable de…

-Es cierto. No el único, pero sí el principal y semejante yerro, sólo con mi vida puedo saldar.

-Lo que dices es absurdo. Sabes que hagas lo que hagas ya nada se va a arreglar.

-Sí, tienes razón. Eso es tan cierto como también lo es que el único modo de limpiar mi sucia conciencia es acabando con mi indigna vida.

¿Sientes que tienes derecho a impedirme alcanzar la paz de mi espíritu?

-Si todos pensáramos de ese modo, me temo que pocas personas vivas quedarían en este mundo de pecado-apuntó socarrón sin aflojar la fuerza de sus brazos-. Siempre supuse que eras más fuerte que yo en todos los aspectos de la vida, pero ahora me doy cuenta que aunque físicamente sí lo seas, mi mente, mi razón y mis ganas de sacarle partido a la existencia, han sido siempre más poderosas que las tuyas.

-En esas palabras acabo de encontrar la confirmación de que tú necesitas, tal vez incluso más que yo mismo, purgar tus faltas. Y estás de suerte, porque sí, es real que mi cuerpo siempre ha sido más fuerte que el tuyo-concluyó apretando ahora él los brazos de su compañero-. Ha llegado la hora de que ambos expiemos nuestros pecados-declaró antes de avanzar un paso y de este modo los dos hombres se precipitaron desfiladero abajo. Uno de ellos reprochándose a sí mismo haber pretendido, a pesar de las advertencias de todos los que conocían su deterioro, detener la locura de aquel que en otro tiempo, además de compañero en múltiples batallas gloriosas, había sido su mejor amigo, el cual moría dichoso al sentirse con aquella intervención, liberador de dos almas por sus pecados condenadas.

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-Ana María Otero-

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