Nunca fue su dueño

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Él nunca fue su dueño. Solamente hubo un acuerdo respecto a una transacción.

Si siempre sucedía de ese modo, ¿por qué en aquella ocasión para él era tan difícil decir adiós?

Sabía que aunque jamás volviera a fijar sus ojos en él, nunca olvidaría aquel cuerpo perfecto que con sus manos húmedas tantas veces había recorrido.

Él no era su dueño, sólo su creador pero…

Acarició ese hermoso rostro y fue entonces cuando sus dedos descubrieron que ante la despedida, sus lágrimas no eran las únicas que estaban cayendo.

-No, no puedo decirte adiós-susurró y creyó advertir que el hasta ahora triste y estático gesto de aquel rostro, cambiaba cuando mientras pronunciaba aquellas palabras él se tumbaba a su lado.

 

Las malas noticias vuelan y como tal, la inesperada desaparición de un artista, creador de hermosas figuras que en ocasiones, aunque inmóviles parecían verdaderos seres humanos, no tardó en ser difundida.

Conocida era la tristeza del autor, que en todas sus creaciones y acompañando a la indiscutible belleza y perfección de éstas, siempre se apreciaba.

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Ni siquiera su secretario y socio, la persona más cercana a ese triste artista, tenía alguna idea de lo que había podido suceder, sobre por qué sin decir nada había desaparecido.

Pero afortunadamente y aunque entre ellos nunca compartieron algo más que eso, ni confesiones ni secretos personales, los dos hombres formaban un equipo de trabajo sumamente compenetrado y por ello él, en su ausencia, no se encontró con dificultades a la hora de distribuir los encargos.

Todos habían sido ya recogidos. Todos, salvo una hermosa figura que cuando el hombre que la había encargado vio, aseguró que aquello no era lo que él había pedido.

Él asintió cuando examinando el cuaderno de pedidos confirmó que aquella pareja amante y feliz, nada tenía que ver con la triste mujer a la espera que el hombre quería.

Presentó unas disculpas que el insatisfecho cliente aceptó, teniendo éste en cuenta la misteriosa desaparición del artista, probablemente motivada, según su propio suponer, por algún mal de amores  que su mente inestable no había podido soportar.

Cuando el secretario se acercó a aquella figura la examinó, apreciando la calidad de la obra, de esas figuras en cuyos rostros se apreciaba una indiscutible y digna de envidia felicidad, impropia de las creaciones habituales del artista.

Su corazón se precipitó cuando advirtió, a pesar de que nunca en el suyo había visto algo semejante a aquella evidente felicidad plena, el parecido del rostro del hombre con el de su socio, que algo le decía que estuviera dónde estuviese, tal y como dejaba patente su última creación, ahora era plenamente feliz.

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-Ana María Otero-

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