Una tormenta de locos

-Imagen de FelixMittermeier en Pixabay

 

   Hoy es uno de esos desapacibles y fríos días de tormenta. No, ahora no se escuchan truenos, pero yo sé que de un momento a otro rayos se dibujarán en el cielo y uno de ellos vendrá a mi encuentro. Me preguntas por qué estoy tan seguro de ello. ¿Acaso no recuerdas que soy meteorólogo? Vale, sí. Es verdad que a veces no acierto del todo, pero de sobra sabes que eso nunca pasa cuando se trata de tormentas, especialmente si estas son eléctricas. ¿Por qué? Porque en mi mano guardo, custodio un recuerdo, un secreto en un canto rodado guardado. A simple vista no es más que una piedra. Tal vez bonita, tal vez fea, pero sea como sea hoy en día nadie más imagina lo que encierra.

   Dices que te gustaría conocer el secreto. Claro que puedo compartirlo contigo, de hecho es algo que ya debería haber hecho, pero antes de ello he de advertirte que después tú y nadie más que tú serás responsable de lo que pueda llegar a pasar. Eso mismo me dijo a mí hace mucho tiempo una singular mujer. Su nombre era Selina, aunque por allí todos la conocían como la loca del pueblo. Según decían ella perdió la cordura cuando una tarde de tormenta y después del único rayo que cayó, Celso, un hombre algo extraño, en cierto modo excéntrico al que unos consideraban su amigo, alguno que otro su amante, misteriosamente desapareció y nunca más volvió.

   Los días pasaban y uno tras otro, con su canto rodado siempre en la mano, Selina solitaria esperaba por algo que no era precisamente lo que todos pensaban.

   Desde el principio de mi vida la curiosidad siempre caminó a mi lado, y aunque entonces era sólo un niño, no dudé en acercarme a esa a la que por costumbre todos ignoraban y que después de mis repetidas visitas y nuestras agradables charlas de todos los días hasta el final de la tarde, no tardó demasiado en compartir conmigo su secreto, ese que dejaba claro que en realidad Selina no estaba tan rematadamente loca como todos suponían, porque lo único de todo aquello verdaderamente cierto era que desde la marcha de Celso, lo que ella impaciente esperaba era el momento de llegar, estuviera él o no allí ya, al  mismo lugar que él, un hombre al que en realidad ella había conocido sólo unos días antes de su marcha, y afortunadamente para ella, eso era algo que ya no tardaría demasiado en pasar.

   Sí, Celso se había  marchado, pero no lo había hecho en secreto, ya que a ella le había  contado que esa noche caería sobre él un rayo que lo llevaría a un lugar en el que algunos locos afortunados un día encuentran su verdadero hogar.

   Como ahora yo a ti, entonces Selina me enseñó esta piedra que sea por lo que sea permite a su loco custodio predecir cuándo una tormenta eléctrica se va a desatar, y si será esta la ocasión en la que un rayo lo vendrá a buscar, la cual la noche que tras un único rayo Celso desapareció, a su lado sobre la almohada cuando se despertó Selina encontró, igual que yo cuando fue ella la que desapareció.

   Sí, cuando Selina me lo contó, del mismo modo que tú ahora, también yo pensé que no era el adecuado porque sin lugar a dudas no estaba loco. Podría ser que entonces no, pero hoy por hoy muchos me conocen, ya sea por mi profesión o no, como el loco del tiempo.

   Tal vez recibir la piedra sea responsable de que en cierto modo la cordura absoluta perdiera, o quizás llegué a recibirla porque en algún lugar estaba escrito que algún día mi cabeza dejaría de estar del todo cuerda.

   Dicen, cuentan, inventan… Pero, ¿quién sabe? Tal vez el próximo custodio se encuentra precisamente ahora leyendo un cuento por medio del cual su predecesor discretamente le desvela el secreto   ;-p

Una tormenta de locosCC by-nc-nd 4.0 Ana María Otero

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