En un espejo, en un sueño

-Photo by Rodrigo Souza on Pexels.com

   Una vez realizado el último trazo, Iria cogió la hoja y observó satisfecha el resultado.

   Aquel chico no era real, sólo lo había visto la noche anterior en un sueño, pero su interesante imagen todavía se mantenía viva en su mente, por lo que cuando al final de la tarde llegó a su casa, no pudo resistir el impulso de intentar inmortalizarlo al carboncillo, algo que apreciando aquellos alegres ojos que en su sueño tanto la habían mirado, esa ligera barba que ella había acariciado, aquellos rebeldes rizos que en algún momento había apartado antes de probar esos labios, estaba claro que no se le daba mal. Vale, se trataba de alguien irreal que únicamente había existido en un sueño, pero la imagen de Paulo, tal y como en su ensoñación había dicho llamarse, existía ahora en aquella lámina

   El cielo se había oscurecido ya, pero ella no había bajado la persiana, por lo que pudo ver un rayo dibujándose en el oscuro cielo, reflejándose un intenso destello en el espejo de mano que ahora se encontraba sobre su escritorio. Lo cogió al observar el turbio reflejo y lo limpió levemente con la manga de su camiseta. Lo apartó un poco para percibir si el reflejo se percibía ahora algo más nítido, instante en el que sin querer hacerlo, estuvo a punto de dejar caer el espejo, cuando en este apreció, en lugar de la suya, la imagen de un chico, precisamente aquel que la noche anterior había visto en sus sueños, el mismo que acababa de retratar de un modo muy acertado en su cuaderno de dibujo.

   Él dirigía hacia ella una mirada tan atónita como la suya. Iria sintió en el pecho los precipitados latidos de su corazón y sacando valor de algún lugar desconocido, espontáneamente preguntó:

— ¿Eres un fantasma?

   Él abrió los ojos desmesuradamente y sacudió la cabeza antes de decir:

   —Yo no, ¿tú sí?

   —No, claro que no.

   —Entonces, ¿qué eres?

   —Una chica, ¿y tú?

   —Evidentemente no—contestó pasando la mano por la sombra que cubría sus mejillas y después de este gesto los dos se echaron a reír, apartando al menos por un momento, aquel desconcierto que ambos compartían.

   El silencio volvió a adueñarse de la situación cuando sus miradas se encontraron.

— ¿Dónde estás tú?—preguntó ella rompiendo así el silencio.

— ¿Al otro lado del espejo?—respondió frunciendo el ceño.

   —Buena respuesta. Por cierto, ¿cuál es tu nombre?

   Él sacudió la cabeza.

   —El que tú prefieras.

   —No te burles de mí.

   —No me burlo, recuerda que ahora sólo soy un reflejo en tu espejo.

   —Entonces… ¿Paulo?—propuso recordando el nombre con el que la noche anterior se había presentado su alter ego onírico.

   —En ese caso he aquí Paulo para hacer tus sueños realidad—concedió antes de guiñarle un ojo y sonreír—. ¿Cuál es el tuyo?

   —También el que tú prefieras—respondió por seguir su juego.

   —Vale, entonces… ¿Iria?

   Ella se echó a reír.

— ¿Por qué  motivo conoces mi nombre?

   —Por el mismo que tampoco tú ignoras el mío: porque nos los dijimos anoche antes de que tu despertador nos apartara.

   —Entonces tú…

   —Eso confirma que tú también… —exclamó él llevándose las manos a la cabeza y echando hacia atrás sus rebeldes rizos que en cuestión de segundos, otra vez cayeron sobre su frente. Una imagen que recordaba haber visto la noche anterior cuando…

   —En un espejo, en un sueño… ¿Será un hechizo eterno?—preguntó él poco antes de que un nuevo rayo se dibujara en el cielo negro y otra vez se reflejara en el espejo, enturbiando nuevamente la imagen.

   —Paulo, Paulo…—lo llamó inquieta cuando el reflejo de su imagen ya no encontró.

   Cerró los ojos y apretó los puños con fuerza, deseando dejar de soñar dormida, pero sobre todo estando despierta. Sacudió la cabeza y sin abrir los ojos secó las lágrimas que sin querer había derramado al darse cuenta de que lo único que en realidad tenía era su vacía realidad, esa en la que no conviene soñar porque al despertar todo duele todavía más.

   En el cielo se vio otro rayo, aunque en esa ocasión tras reflejarse en el espejo, la imagen no se enturbió, pero desde algún lugar Iria escuchó la voz de Paulo diciendo otra vez:

    —En un espejo, en un sueño… ¿Será un hechizo eterno? Bah, sobre ello hablaremos cuando nos veamos luego.

   —Cuenta con ello—concluyó Iria deseando, dormida o despierta, jamás dejar de soñar.

En un espejo, en un sueñoCC by-nc-nd 4.0 Ana María Otero

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