La maldición de las campanas

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Aquel era un pueblo extraño. Éste tenía un campanario, aunque curiosamente sin campanas.

Un anciano compartió conmigo la leyenda, ésa que decía que desde hace mucho tiempo por allí no había campanas porque un extraño alcalde hace siglos las mandó quitar, ya que según él por las noches sonaban a muerto y no le permitían descansar.

Los difuntos ofendidos porque con esta acción el alcalde sus voces había enmudecido, lanzaron una maldición que según dicen hoy en día todavía continúa y a causa de la cual, fenómeno por lo visto en diversas ocasiones comprobado, cualquier campana que se coloca en aquel campanario en el que ninguna cigüeña anidó después de la maldición, no emite sonido alguno, hecho para el que nunca nadie ha sido capaz de encontrar un motivo lógico y racional.

Y es que al parecer las únicas campanas que se escuchan por allí son las que profetizan alguna muerte, las cuales, y a modo de anuncio, sólo el próximo difunto percibe.

Esta curiosidad, a diferencia del silencio de las campanas, no ha podido ser comprobada, porque nunca nadie se ha despedido tras escuchar las campanas. Tal vez porque esto sucede pocos instantes antes del final y no les da tiempo a hacerlo, o porque todos prefieren irse en silencio sin confirmar esa leyenda que falsa o cierta, está claro que, con campanas o sin ellas, nunca morirá.

 

-Ana María Otero-

Ahora no

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Cuando para mí estaba empezando,

para ti casi había acabado.

Yo comenzaba a amarte

y tú a mí me estabas olvidando.

Mientras yo confesaba que te quería,

amor eterno tú a otra le prometías.

Tu desprecio mi corazón endureció,3-rock-80074_640

que más sólido que el tuyo se volvió,

el cual en mil o dos mil pedazos se rompió

cuando tras reconocer que después de mí

nunca más habías sentido amor verdadero,

igual que tú habías hecho antes conmigo,

viste que los brazos que me rodeaban

no eran los tuyos sino los de tu mejor amigo,

el cual te miró sonriendo,

asegurando que él

nunca descuidaría aquel tesoro

que había tenido la suerte de encontrar

después de que un estúpido olvidara

que si una alhaja se desea conservar

es necesario protegerla,

porque para pocas personas es posible

no desear poseer una joya valiosa,

y más si ésta sólo para diestros orfebres reservada está.

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-Ana María Otero-

Expiar la culpa

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Acompañando a la brisa se escucha algo. Es una voz que repite un nombre, el suyo, junto a una petición, casi una súplica para que detenga su frenética carrera. Pero ahora él tiene algo que hacer. Sin duda su única alternativa, el único modo por medio del cual pagar en cierta medida, al menos para la paz de su conciencia, aquel pecado en realidad imperdonable.

Ya había llegado. Estaba a un solo paso de su destino, cuando unos recios brazos rodearon su cuerpo, impidiendo que lo hiciera.

-¿Adónde crees que vas?

-Debo redimir mi error.

-Todos sabemos que tú no eres el único responsable de…

-Es cierto. No el único, pero sí el principal y semejante yerro, sólo con mi vida puedo saldar.

-Lo que dices es absurdo. Sabes que hagas lo que hagas ya nada se va a arreglar.

-Sí, tienes razón. Eso es tan cierto como también lo es que el único modo de limpiar mi sucia conciencia es acabando con mi indigna vida.

¿Sientes que tienes derecho a impedirme alcanzar la paz de mi espíritu?

-Si todos pensáramos de ese modo, me temo que pocas personas vivas quedarían en este mundo de pecado-apuntó socarrón sin aflojar la fuerza de sus brazos-. Siempre supuse que eras más fuerte que yo en todos los aspectos de la vida, pero ahora me doy cuenta que aunque físicamente sí lo seas, mi mente, mi razón y mis ganas de sacarle partido a la existencia, han sido siempre más poderosas que las tuyas.

-En esas palabras acabo de encontrar la confirmación de que tú necesitas, tal vez incluso más que yo mismo, purgar tus faltas. Y estás de suerte, porque sí, es real que mi cuerpo siempre ha sido más fuerte que el tuyo-concluyó apretando ahora él los brazos de su compañero-. Ha llegado la hora de que ambos expiemos nuestros pecados-declaró antes de avanzar un paso y de este modo los dos hombres se precipitaron desfiladero abajo. Uno de ellos reprochándose a sí mismo haber pretendido, a pesar de las advertencias de todos los que conocían su deterioro, detener la locura de aquel que en otro tiempo, además de compañero en múltiples batallas gloriosas, había sido su mejor amigo, el cual moría dichoso al sentirse con aquella intervención, liberador de dos almas por sus pecados condenadas.

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-Ana María Otero-

Miles de gotas

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Un húmedo día de invierno,

observando la lluvia que cae

al otro lado del cristal.

Cientos, miles, millones de gotas

aparentemente idénticas,

aunque cada una de ellas,

una historia distinta cuenta.

Algunas son alegres,

otras son tristes,

porque así como las lágrimas,

que pueden ser de pena

o de risa ante la más intensa dicha,

la historia que cuenta cada gota

depende del momento,

del sentimiento que el espectador experimenta

dentro de él en el preciso instante

en el que cada gota ve caer .

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-Ana María Otero-

Es algo relativo

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Me preguntas si hace mucho

que te quiero,

o si se trata de algo

en mí nuevo.

Mucho o poco,

es algo relativo,

especialmente cuando

hablamos del tiempo

Un momento grato

suele percibirse como breve

aunque dure horas.

Una espera puede ser eterna

aunque en minutos

no llegue a la decena.

Tú y yo, yo y tú,

calendario en mano,                                                       1-book-1760998_640

nos conocimos hace

no demasiadas hojas.

Pero créeme cuando te digo

que yo empecé a amarte

mucho antes de cruzarme contigo.

Cuando te soñaba y te deseaba

porque durante toda mi vida

he sabido que algún día

encontraría la parte que me falta,

a esa persona que me completa.

¿Qué importancia tiene la cantidad de tiempo,

cuando los dos sabemos

todo lo que en el otro tiene

y lo que cada uno de nosotros siente?

 

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-Ana María Otero-

Usar y tirar

Escucho una melodía lejana,

hace ya tanto tiempo olvidada,

que ahora trae a mí un recuerdo.

El de aquel momento compartido,

el único en el que ella y yo,

ambos entonces despechados,

sin pensarlo demasiadodancing-1176550_640

por unos intensos instantes

fuimos sólo uno.

Su nombre no puedo decírtelo,

no porque lo haya olvidado,

sino porque nunca lo he conocido,

como probablemente tampoco ella el mío.

Entonces fuimos el uno para el otro

un consuelo pasajero.

Nada más que objetos de usar y tirar,

porque en aquel momento

ninguno de los dos necesitaba algo más.

Ahora la melodía acaba

y el recuerdo nuevamente se escapa,

porque la verdad es que hoy por hoy

ya no hace ninguna falta.

 

-Ana María Otero-

Basta ya

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No quiero soñar más.

Basta ya de imaginar.

Lo que ahora necesito

es vivirlo de verdad.

No quiero más promesas,

palabras vacías,

carentes de realidad.

Quiero por mi cuenta experimentarlo,

¿o es que de eso también me vas a privar?

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-Ana María Otero-