Un cuento de Navidad

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El espíritu navideño. Ahora ya no lo encontraba, probablemente porque aunque alguna vez sí hubiese existido, en realidad hoy en día había desaparecido.

Era triste crecer y perder la ilusión. Ésa que  siendo un niño cada Navidad le permitía soñar que lo veía y así se lo contaba cada año a su mujer y a sus dos hijos, una niña y un niño, pretendiendo con ello no perder el bonito recuerdo de una fantasía que ahora sabía que sin lugar a dudas nunca había sido verdad, porque su razón ya no le permitía creer que cada mes de diciembre se encontraba con él gracias a las luces de aquel alto y frondoso árbol, para él entonces mágico, junto al que, mientras la nieve caía, él esperaba a que de una vez por todas llegara la Navidad.

Animados por el entusiasmo curioso de los niños, y a pesar de saber que aquello no era posible, aquella Navidad decidieron acercarse al lugar en cuestión en el que él, aunque no dijera nada, deseaba volver a encontrar una ilusión que después de estar lejos de allí, nunca más había vuelto a experimentar.

 

Cuando por fin llegaron, los dos niños bajaron del coche y corrieron ilusionados hacia el árbol mágico del que su padre tanto les había hablado.

También él se acercó, incapaz de ocultar la decepción que le provocaba el hecho de que la nieve ahora no cubriese el lugar, aunque no tanta como encontrar  que en realidad no era tan frondoso y alto aquel árbol que en el pasado había idolatrado, en el que aquel año nadie había colocado alguna luz.

—Pareces desilusionado—advirtió un hombre al que, aunque conocía de algo, en aquel momento no fue capaz de identificar.

—Al árbol apenas le quedan hojas. Seguro que es por eso que este año, por no dañarlo, no han puesto luces en él—enunció tristemente, pese a la ilusión con la que sus dos hijos, bien abrigados y de este modo protegidos del frío, correteaban entorno al árbol, igual que en el pasado también había hecho él.

—Me parece que te equivocas. Todo está igual que siempre. En realidad nunca alguien puso luces o adornos en este desde el principio endeble árbol, sobre el que por fortuna nunca cayó una nevada que sin duda acabaría con él.

—Eso no puede ser. Yo recuerdo las brillantes luces en sus frondosas ramas y nieve ocultando su color verde y…

—En este pueblo nunca jamás ha nevado.

—Eso no es verdad. Cada Navidad y solamente en Navidad cada año la nieve…

—Si investigas, confirmarás que lo que digo es verdad—confesó el hombre dedicándole una sonrisa que no sabía por qué, pero para él era conocida.

Sacó el móvil de su bolsillo y buscó en la red, encontrándose entonces con la desalentadora confirmación de que todos aquellos recuerdos que todavía conservaba, no habían podido ser verdad.

—Lo sabía, nada de aquello sucedió jamás.

— ¿Realmente te atreves a jurarlo? A mí me parece que aquellas luces eran tan reales  como las que hasta hace un rato engatusaban a tus hijos y como la nieve con la que ahora los tres están jugando—indicó el hombre señalando hacia donde ahora se encontraban su mujer y sus hijos, mientras se lanzaban los unos a los otros bolas de nieve imaginarias.

—Ahora yo no recuerdo quién es, pero está claro que usted me conoció cuando era un niño y en alguna ocasión me vio cuando también yo jugaba con una nieve que en realidad no existía.

— ¿Estás seguro?

— ¿De qué?

—De las dos cosas.

—Acabo de confirmar que aquí nunca ha nevado y respecto a usted, es verdad que no soy capaz de identificarle.

— ¿Cómo que no? ¡Si precisamente hace un rato le hablabas de mí a tu familia!

Aunque sí, parece que con el paso del tiempo has olvidado algo que antes de sobra conocías: la magia no  se encuentra en el árbol, tampoco en este lugar ni en cualquier otro, porque en realidad está en ti, en ellos y en cualquiera que igual que tú antes, de verdad la quiera encontrar.

Con aquellas palabras algo se encogió en su estómago y sintió como en él algo cambiaba. Una sensación que creía haber sentido antes, mucho tiempo atrás cuando… Estaba a punto de hablar cuando escuchó risas a su espalda. Giró sobre sí mismo y entonces recibió en su pecho tres impactos de… ¿Bolas de nieve?

Extremadamente confundido, dirigió su mirada hacia el hombre, pero éste ya no encontraba allí. ¿Él era…?

—Te hemos ganado—gritó su hijo después de lanzar un nuevo proyectil que en esta ocasión él si pudo esquivar.

— ¿Ganar al campeón de batallas de nieve de todo el mundo mundial? ¡Ja!—fanfarroneó antes de agacharse y recoger del suelo aquel frío elemento con el que tanto años atrás allí mismo había jugado y que ahora cubría el suelo a su alrededor, reflejándose en su blanca superficie, igual que entonces, las luces de aquel árbol tan alto y frondoso junto al que él tantas veces había jugado, cuando como ahora tenía la oportunidad de, gracias al verdadero deseo de hacerlo, fuera éste real o no, volver a encontrarse con el verdadero espíritu de la Navidad.

 

-Ana María Otero-