3. El payaso de la caja sorpresa

Héctor miró el reloj y se dio cuenta de que la hora del cuento ya había llegado.

Entró en la habitación de Alina, en la que su madre arropaba a la niña.

-Buenas noches, peques-deseó antes de dejar solos a sus hijos.

-Caja, payaso-le recordó su hermana y él se sentó a su lado sonriendo, antes de empezar a contarle aquel cuento que sabía que a ella le iba a gustar tanto como le  había gustado al duende.

 

>>En una calle como todas las demás de una ciudad cualquiera, hay una casa que no parece distinta a las que están a su alrededor, pero la verdad es que ésta tiene algo que la hace especial, porque si entras en ella, caminas por el pasillo y abres la tercera puerta de la derecha, descubrirás un cuarto de juguetes mágico en el que a diario se viven multitud de aventuras, como aquella que ocurrió el día que alguien dejó en ella una caja pequeña de madera, con unas letras y una flecha que señalaba hacia un botón rojo con forma de corazón.

-¿Qué pone ahí?-preguntó con voz aguda Pititi, un patito de goma que todavía no había aprendido a leer.

-“Pulsar aquí”-leyó Lupi, la conejita profesora.

-¿Quién se atreve?-preguntó Lola, la ratita curiosa.

-Me parece que tú no-apuntó burlón el oso panda.

-Entonces, ¿por qué no lo haces tú?-sugirió la bailarina acercándose cuidadosamente de puntillas.

-No me parece que sea tan difícil hacerlo-opinó el valiente soldado Tim, que sin dudarlo pulsó el botón rojo y para sorpresa de todos la caja se abrió y de su interior e impulsado por un muelle, salió un sonriente payaso de pelo naranja que se echó a reír después de escuchar el grito de la princesa Violeta, a la que el príncipe Pol abrazó.

-¡Hola, gente! Soy el payaso Blep-se presentó haciendo una reverencia, balanceándose sobre el muelle que lo retenía-. “Bienvenido, payaso Blep”-se saludó a sí mismo con voz de falsete-. Gracias, gracias, ha sido un placer conoceros (asustaros)-añadió antes de volver a entrar en la caja, tras lo cual la tapa volvió a cerrarse.

-¿De dónde ha salido este tal Blep?-se interesó el príncipe Pol, deseando que la princesa Violeta dejara de temblar.

-¡De la caja sorpresa! Je, je-añadió el payaso saliendo otra vez de la caja, para entrar nuevamente en ésta, sin dejar de reír a causa de los gritos que su segunda e inesperada aparición habían provocado.

-Casi me mata del susto-confesó el conductor de la grúa que se encontraba aparcada junto a la estantería.

-Pero, ¿por qué le hace tanta gracia asustarnos?-quiso saber Pititi.

-Asustaros y escuchar tu ridícula voz de pito también, je, je-respondió volviendo a asomarse, mojando en esta ocasión a todos con el agua que salía de la flor que lucía en el ojal de su camisa, antes de volver a refugiarse dentro de la caja.

-¡Pero aquí todos somos amigos y nunca nos molestamos los unos a los otros!-añadió la bailarina  tratando de secar el tutú rosa que llevaba puesto.

El soldado Tim sabía no se podían permitir ese tipo de cosas en un lugar tan agradable como aquel en el que antes de ahora nunca había sucedido algo como aquello. Por eso se separó de la caja sorpresa e hizo un gesto con su mano para que los demás, guardando silencio,  se acercaran a dónde él se encontraba. Una vez todos llegaron junto al soldado Tim acordaron lo que iban a hacer para que el payaso Blep aprendiera que todas las acciones tienen consecuencias.

Por su parte Blep, sintiéndose protegido en el interior de su caja, escuchaba el silencio que reinaba en el exterior, atento a cualquier ruido que indicara que el momento de su nueva aparición ya había llegado, conteniendo la risa que le provocaba la anticipación de los gritos y las caras de terror de aquella peculiar pandilla.

La espera siempre parece larga, pero aún no había perdido toda su paciencia cuando escuchó un suave roce en el suelo y se dio cuenta de que sólo podía tratarse de la cursi bailarina y rió en silencio imaginando su cara de disgusto cuando él volviera a mojar su faldita.

Con una sonrisa dibujada en su rostro, acercó la mano a la palanca con la que desde el interior liberaba el muelle y al chocar así su cabeza con la tapa, ésta se abría.

La bailarina estaba justo delante de la caja cuando él la accionó para hacer su aparición, pero la tapa no se abrió. Movió la palanca una vez más, y otra, y otra… Pero el muelle no se liberaba. Estiró su cabeza y pretendió de este modo levantar la tapa, pero con ello sólo consiguió que su sombrero se arrugara, porque aquella madera que siempre había sido ligera, ahora no lo era.

-Hola, hola… ¿Hay alguien ahí?-preguntó tratando de no perder la calma.

-¿Qué quieres?-preguntó una voz profunda que sólo podía pertenecer a un ogro, ¡pero si él no había visto a ninguno por allí…!

-Soy el payaso Blep y estoy atrapado en mi caja. ¿Puedes pulsar el corazón que…?-una diabólica carcajada interrumpió sus palabras.

-Ya sé quién eres y lamento decirte que no puedo hacerlo porque antes de que se fueran, aseguré a todos que no lo haría.

-Pero es que estoy encerrado y…

-Lo sé. Ellos fueron a buscarme a mi guarida y cuando me contaron todo lo que habías hecho, decidí acercarme para enseñarte que lo que has hecho está mal.

-Sí, sí, ya lo he aprendido, así que pulsa el corazón y…

-¡Cállate!-Blep enmudeció ante aquella orden-. Yo soy el que decide si sales o no de ahí.

-Pero es que…Por favor: déjame salir-lloriqueó Blep y el ogro volvió a reír.

-Ahora eres tú el que me hace reír a mí.

-Pero no puedo…

-Ése es el castigo por haber sido ingrato con una buena gente y ahora te quedarás para siempre ahí encerrado y solo, tal y como deben estar los que son como tú.

-Yo, yo… ¡Espera!-balbuceó Blep que escuchaba como el ogro se apartaba y lo dejaba solo-. No, no… ¡No me dejes aquí!-gimoteó-. Sí, sé que esto es lo único que puedo obtener después de lo que hice porque ellos iban a aceptarme como uno más de una familia perfecta que en realidad no merezco-reconoció antes de echarse a llorar.

Se cubría el rostro con las manos cuando escuchó un ruido fuera de la caja, antes de que el muelle se soltara y su cabeza apartara como siempre la tapa. A través de las lágrimas vio entonces a todos los muñecos alrededor de la caja.

-¡Me habéis liberado, gracias!-exclamó observando como la grúa dejaba en el suelo el grueso libro que hasta hacía un momento había permanecido sobre la tapa de la caja, impidiendo que ésta se abriera.

-¿Has aprendido la lección?-preguntó la bailarina, secando con su pañuelo las lágrimas de Blep.

-Yo sé que sí, pero el ogro a lo mejor piensa que no y…

Pititi negó con la cabeza.

-El ogro sabe que nunca olvidarás lo que hoy has aprendido-Blep miró asombrado al patito, al darse cuenta de que la voz de éste era ahora ésa que él había creído que pertenecía a un ogro-. Ésta es mi voz verdadera-confesó Pititi antes de carraspear-, pero habitualmente utilizo ésta otra que es más agradable, ¿no te parece?-continuó empleando ahora aquel tono chillón del que tan absurdamente Blep se había burlado.

 

-Y a partir de entonces, en el cuarto de juguetes todo volvió a ser fantástico porque Blep aprendió que compartir buenos momentos y cariño es lo mejor para ser feliz. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. ¿Te ha gustado?-preguntó Héctor como siempre hacía.

-Siiiiiiií…-respondió Alina entusiasmada-, y a él también le gustó-añadió mientras recostándose en la cama señalaba el monito de peluche que rodeaba con su mano.

-¿Quieres que lo coloque en el estante?

-No, el monito duerme conmigo-dijo Alina colocando al muñeco a su lado bajo las sábanas.

-Como quieras. Hasta mañana, Bina-se despidió antes de darle un beso, satisfecho al darse cuenta de que algo tan simple como aquello había sido más que suficiente para que él encontrara la inspiración para el próximo cuento.