2. El reino Soñado

Lo observó todo a su alrededor y en aquel lugar encontró el escenario perfecto para cualquier historia que él quisiera contar.

-Incluso para una nueva aventura del topo Foco iluminando los recodos más oscuros de este bosque mágico-sugirió un alegre conejo gris, proporcionándole unas hojas en blanco y un lápiz que el hada Piseda le había pedido que le diera a Pepo para que éste los empleara para escribir un cuento para su hermaniza Bina, que debía estar terminado antes de que aquel sueño acabara, el cual dando saltos desapareció sin darle tiempo para preguntarle cómo era posible que él conociera ese nombre que él mismo había inventado para aquel topo.

-O también para hablar sobre un valiente guerrero, siempre vencedor en todas las batallas que emprende-añadió la princesa mirando orgullosa a su amado.

-¿Y por qué no del delicioso pan que el panadero prepara con una masa que no es necesario que alguien mezcle?-añadió el guerrero dándole un bocado al pedazo de pan que tenía en su mano.

-O de la aguja que por sí sola y sin ayuda, cautivadoras imágenes borda-sugirió el panadero observando la flor de mil colores que en aquel momento la aguja de la que él hablaba creaba en el bastidor que la costurera sostenía en su mano, mientras el flautista bailaba y cantaba, al mismo tiempo que la flauta sonaba a su lado, alegrando de este modo el momento durante el cual Pepo escribía, gracias a que Piseda, el hada del reino Soñado, se había apiadado de él, llevándolo a éste, en el que gracias a aquellos personajes maravillosos, su inspiración parecía haberse despertado de aquel sueño sin imágenes ni argumentos en el que había estado atrapada.

El cuento ya estaba casi acabado cuando tras un empujón, alguien lo arrancó de la mano de Pepo, para antes de desaparecer en el bosque, lanzarlo malintencionado al río.

-Yo vi al duende envidioso, celoso porque ese bonito cuento no era para él sino para Bina-anunció un ligero colibrí, que desde lo alto todo lo había observado y aquella triste revelación fue responsable de que el ruiseñor enmudeciera su trino.

Pepo fue consciente de los intentos de las truchas por recuperar las hojas escritas, pero cuando llegaron junto a éstas, el agua ya las había destrozado. Y entonces él se entristeció al ver que el cuento para Bina se había perdido, y que su tiempo allí casi se había acabado, con lo que al despertar todo aquel episodio y esas gentes maravillosas gracias a las cuales había creído recuperar esa inspiración perdida, se borrarían para siempre de su memoria, ya que por sólo dos palabras y el punto final, el cuento no había acabado.

La lavandera secó sus propias lágrimas con un paño seco y éste quedó otra vez mojado, mientras todos tristemente se daban cuenta de que todo había sido en vano, porque con el despertar a Pepo se le olvidaría todo aquello que había logrado avivar su inspiración.

-¿Cuándo alcanzar la victoria fue fácil? A mí ninguna me han regalado-alzó su voz molesto el valiente soldado, que con aquel grito recordó al grupo que la batalla aún no había acabado.

 

-Gracias a la ayuda de esas increíbles personas no se perdió este relato que ahora te estoy contando. Y colorín colorado, este cuento se ha acabado. ¿Te ha gustado?-preguntó Héctor igual que siempre hacía después de contarle un cuento a su hermana.

-¡Sí, mucho!-exclamó Alina.

-¿Más que el del topo Foco?-ella asintió sonriendo.

-¿Y qué le pasó al duende malo?

-Bah, en el fondo no es malo. Lo que le pasaba era que quería que alguien inventara un cuento para él y como nunca nadie lo había hecho… Pero como gracias a todos recuperé la inspiración y al acabar todavía me sobró algo de tiempo, antes de despertarme pude inventar uno para él, con el que aprendió, además de que tener envidia no es algo bueno, que es mejor compartir alegrías que maldades.

-Cuéntame también a mí ese cuento.

-No Bina, que el cuento de hoy ya te lo he contado, así que ese será el de mañana.

-¿Y cómo se titula?

El payaso de la caja sorpresa.

-Ese cuento era para mí porque se lo pedí ayer a la máquina-se enfadó Alina.

-No me digas que igual que el duende tampoco tú sabes eso de que las cosas hay que compartirlas.

-Cuéntame el cuento y así lo aprendo, como lo aprendió el duende.

-Mañana, que ahora tienes que dormir-se despidió antes de salir de la habitación de Alina.

Héctor entró en la suya sabiendo que nunca más iba a permitir que su inspiración se durmiera, ya que gracias al hada Piseda y por medio de los habitantes del reino Soñado, había descubierto como mantenerla despierta, alimentándola a diario con ideas que si él quería y prestando atención, podía encontrar en cualquier lugar, en cualquier objeto, en cualquier persona… Y ahora él sabía que esto podía suceder en cualquier momento y de un modo completamente inesperado. Esto era algo que él tendría la oportunidad de confirmar cuando cada noche le contara a Bina un cuento nuevo sacado de esa caja mágica que ella siempre había imaginado que él tenía y que tal vez, al menos hasta ahora, nunca había existido.

 

3-El payaso de la caja sorpresa