4. El monito

Cuando Héctor entró en la habitación de Alina, su hermanita esperaba metida en la cama abrazando a su pequeño monito de peluche.

-¿Sabes que un monito como el tuyo es el protagonista del cuento de hoy?

-¿El mío?

-No, uno parecido, porque el tuyo tiene los ojos azules y el del cuento los tiene…, violetas, como tu pijama-improvisó señalando hacia éste y la niña sonrió deseando que su hermano empezara a contarle el cuento.

 

“Saliendo de la autovía y próxima a la gasolinera hay una cafetería en la que preparan café, bocadillos y otras cosas para saciar el apetito de los viajeros y en ella también hay un pequeño quiosco en el que además de periódicos y revistas, venden recuerdos y algún que otro juguete para los más pequeños, como un pingüino granate y una ardilla junto a la que se encuentra un monito de brillantes ojos violetas. Los tres llevan algún tiempo esperando ser los elegidos por algún viajero para llevárselo con él y más que ninguno de ellos el monito, para el que las cosas no eran fáciles desde que a su lado habían puesto a aquella ardilla presumida, que al ser más grande que él, ella era capaz de apartarlo para que no pudieran verlo cuando alguien se acercaba y así ser ella la elegida.

Una tarde la puerta se abrió y entraron un hombre y una mujer con una niña pequeña que no era la primera vez que estaban allí e igual que en cada ocasión previa, la niña se acercó sonriendo a los tres peluches.

-Me mira a mí, me mira a mí-dijo la ardilla presumida, apartando como siempre al monito, el cual cada vez que la niña miraba hacia ellos, se permitía soñar que él, el más pequeño de los tres y probablemente el menos llamativo del grupo, era el objetivo de aquella mirada, porque soñar no está prohibido y así que podía imaginar que él era el motivo de aquella sonrisa en los labios de la niña.

Pero aquella tarde ocurrió algo distinto cuando con la niña se acercó el hombre y después de que ella señalara hacia los tres muñecos, él asintió y acercó su mano hacia ellos.

-¡Me han elegido, me han elegido! Bye bye…-exclamó la ardilla, pero para sorpresa de todos fue al monito al que apartaron del resto.

-¡Bien! Tú te lo mereces más que ninguno-exclamó el pingüino que sabía que la mirada y la sonrisa sincera del monito, siempre dispuesto a ayudar a sus compañeros, muchos de los cuales y a veces gracias a él y a sus consejos ya se habían ido con otros viajeros, iba a ser la responsable de que algún día él recibiera su recompensa y ésta por fin había llegado.

-Nunca os olvidaré, lo prometo-se despidió separándose de ellos mientras la niña lo abrazaba.

 

-¿Te ha gustado?-quiso saber Héctor.

-Y al monito también-respondió Alina recostándose en la cama y colocando éste a su lado.

-Buenas noches a los dos-se despidió antes de darle un beso en la mejilla a su hermana y acariciar con un dedo la cabeza del monito.