CAPÍTULO 1

 

Abrió los ojos y se encontró tumbado en una cama que no era la suya. Sentada en una silla próxima a ésta vio a su madre y en pie junto a ella, a Pablo.

— ¿Cómo te encuentras?—preguntó preocupada cuando se dio cuenta de que Emilio recobraba la consciencia.

— ¿Qué ha pasado?—quiso saber éste tocándose la frente, sintiendo entonces un intenso dolor en ésta cuando sus dedos rozaron aquel bulto.

—No toques, cariño, que tienes un hematoma de aúpa—recomendó ella apartando la mano de Emilio.

— ¿Qué es lo que ha pasado?—preguntó nuevamente.

— ¿No lo recuerdas? Te caíste por las escaleras cuando pretendías subir sin ayuda una caja a tu habitación. ¿No pensaste que era una temeridad hacerlo?

Emilio sacudió los hombros ante la pregunta de su madre y Pablo tomó entonces la palabra:

—En esta ocasión, afortunadamente tu madre y yo estábamos en casa y pudimos socorrerte tras escuchar el estruendo de tu caída.

—No sé qué me pudo pasar.

—Sencillamente, jovencito, que actuaste de un modo vergonzosamente irreflexivo sin considerar las nefastas consecuencias de tu inmadura actuación, algo que ni yo mismo osaría llevar a cabo sin ayuda.

Después de escuchar aquellas palabras, Emilio sintió deseos de arrancarle los ojos a aquel petulante individuo que tan habitualmente lo llamaba jovencito. Tal vez el golpe hubiese  despertado un matiz agresivo que no era propio de él. Bueno, si era sincero debía reconocer que aquella no era la primera vez que sentía algo parecido hacia su nuevo papá cuando lo llamaba de ese modo.

—No, me refiero a que no sé cómo pudo ser posible que perdiera el equilibrio a causa de una caja que en realidad no pesaba tanto—fanfarroneó sabiendo que en el fondo, muy en el fondo, Pablo tenía razón.

—Si hubieses apreciado el desmedido pavor que se dibujó en el rostro de tu madre cuando te encontramos desfallecido a los pies de la escalera, nunca más actuarías de un modo tan insensato.

Su madre asintió.

—Podías haberte matado—reconoció ella acariciando la mejilla de su hijo.

—Sé que tenéis razón y os aseguro que por mi parte no se repetirá ninguna imprudencia como ésta.

—Espero que así sea, jovencito, porque de otro modo me temo que nos obligarías a tomar medidas drásticas. Algo así como contratar a una institutriz que se ocupe de supervisar tus actos.

Una institutriz, ¿en qué época vivía aquel hombre?

—Y si así fuera, ¿creéis que ella me dejaría su paraguas? Es que estoy seguro que de este modo, si tuviera que subir alguna otra caja a mi habitación, no me despanzurraría como hoy—preguntó socarrón recordando a Mary Poppins y Pablo, el cual sin duda había tenido una institutriz hasta el momento en el que se fue a vivir con su madre, dirigió entonces hacia él una mirada fulminante.

—Pablo, no tengas en cuenta lo que ha dicho. Piensa en lo que le acaba de suceder—pidió su madre como siempre pacificadora entre ellos.

—Considerando la experiencia traumática que has sufrido y especialmente porque así me lo pide tu madre, no tendré en cuenta tu insolencia, jovencito.

Emilio asintió dirigiendo hacia Pablo una suplicante y ficticia mirada de arrepentimiento.

Unos doctores no tardaron en hacer su aparición y tras diversas comprobaciones y a pesar de que salvo el moratón de su frente, parecía que en la cabeza de Emilio todo se encontraba en perfecto estado, éste no se libraría tan fácilmente de pasar aquella noche en el hospital. Su madre sugirió la posibilidad de pasarla con él, pero Emilio le aseguró que no era necesario, que ella necesitaba descansar y allí él estaría constantemente vigilado, omitiendo el hecho de que necesitaba urgentemente perder de vista a su insoportable marido, cuya presencia acentuaba independientemente del golpe su dolor de cabeza, tal y como siempre había sucedido desde el primer día en el que había coincidido con él. Sí, estaba claro que por muy ilógico que le pareciera, su madre era feliz al lado de aquel fantoche y él no tenía ningún derecho a estropear algo que ella consideraba maravilloso.

 

=>CAPÍTULO 2