CAPÍTULO 10

 

Miró el reloj de su mesilla. Marcaba las cuatro y media. ¿Por qué no podía dormir? Durante la semana anterior apenas había dormido y ahora seguía sin tener una pizca de sueño. Pensó en Lorena.

¿Cuánto tiempo llevaría esperando?

Encendió la luz. Abrió el cajón de la mesilla y miró las pastillas para dormir. Creía que nunca iba a necesitar recurrir a ellas, pero estaba seguro de que en esa ocasión el fin justificaba los medios.

Cogió un vaso con agua en el cuarto de baño y se tomó una. Se metió en la cama y cerró los ojos. Tras varios minutos comenzó a sentir que todo el cuerpo le pesaba y no tardó en estar profundamente dormido.

— ¡Ya era hora!—exclamó Lorena.

—Lo siento.  No era capaz de quedarme dormido. Tuve que tomar una pastilla.

— ¿Qué hora era más o menos cuando te quedaste dormido?

—Las cinco y algo.

—Pues nos queda poco tiempo antes de que uno de los dos se despierte.

—Entonces aprovechémoslo.

— ¿Sabes? Mientras te esperaba he visto a Andrú y le hice una pregunta que desde hacía un rato y pensando en tu resfriado me rondaba: ¿por qué a nosotros nos afecta lo que nos ocurre en nuestros sueños? Algunas veces yo he soñado que, por ejemplo, me rompía un brazo, y al despertar mi brazo estaba perfectamente. Me explicó que nuestros sueños son distintos a los de la mayoría de las personas, porque los dos habíamos descubierto gracias a tu don una especie de puerta que nos permitía llegar a este mundo que tú y  yo visitamos cuando dormimos.

—En ese  caso si nos matasen aquí, moriríamos de verdad, ¿no?

—Me temo que sí.

— ¿Habrá mucha gente como nosotros?

—No lo sé. Pero si recuerdas lo que nos pasó con el tabernero, lo que sí está claro es que por aquí no somos bien recibidos en pareja. Tenemos que tener cuidado porque es peligroso que alguien descubra que somos dos durmientes.

¿Te das cuenta de que a pesar de esos inconvenientes somos tremendamente afortunados? En nuestra realidad no podemos estar juntos, pero hemos encontrado otra distinta en la que a pesar de sus peculiaridades nadie podrá separarnos.

Los chicos se besaron y Emilio sintió un escalofrío al pensar absurdamente en la posibilidad de que Lorena estuviese equivocada cuando decía aquello.

 

 

El sábado siguiente a la hora de la cena, Emilio notó que Pablo y su madre querían decirle algo. Los encontraba algo nerviosos y demasiado sonrientes.

—Emilio, tu madre y yo tenemos algo de que decirte.

— ¿De qué se trata?—preguntó sin levantar la vista de su plato y sin dejar de comer.

—Tu madre va a tener un niño—se quedó perplejo—. ¿Qué te parece?

—Mamá, ¿no eres un poco mayor para tener un hijo?

— ¡Emilio! Esa no es manera de tratar a tu madre.

—A partir de los cuarenta, el riesgo de tener un hijo deficiente aumenta. Tú misma se lo dijiste a papá cuando él te sugirió tener otro hijo, y si no me equivoco tenías tres años menos que ahora.

—Las cosas entre tu padre y yo iban mal. Tener un hijo con la intención de que nos uniera más era una idea absurda.

— ¿Cómo te sientes ante la idea de tener un hermano?

Sacudió los hombros, al tiempo que se levantaba de la mesa.

—Voy a mi habitación. Buenas noches. Por cierto, Pablo, no sería mi hermano. En todo caso, mi hermanastro. ¿O has olvidado que tú no eres mi padre?

Salió del comedor. Tal vez se había pasado con las palabras que había dicho. No le importaba por Pablo, sino por su madre. Pero no debía sentir remordimientos de conciencia, del mismo modo que ella tampoco por todas las veces que Pablo se había pasado con él y ella le había dado la razón.

 

==>CAPÍTULO 11