CAPÍTULO 9

 

La noche del jueves Emilio esperaba con impaciencia a Lorena. Toda la noche anterior habían estado caminando, pero sabía que aún les faltaba bastante camino.

—Por fin has llegado—indicó cuando Lorena hizo su aparición.

—Tengo malas noticias.

— ¿Qué ocurre?

—El señor Dalma se ha enfadado tanto porque nuevamente la gente no llevaba los ejercicios hechos que este lunes nos hará un control de todo lo que hemos dado desde el principio del trimestre, ¿y sabes lo peor?: ese control hará media con el examen de evaluación

—Me parece que mañana llamaré al colegio y hablaré con el señor Dalma. He faltado los últimos días y no me parece justo que me meta en el mismo saco que a todos—afirmó convencido de que él, que no había estado ese día en clase, no merecía el castigo.

 

 

Al día siguiente a eso de las once y media, momento en el que comenzaban los veinte minutos de recreo de los alumnos, Emilio telefoneó a la escuela y pidió hablar con el señor Dalma el cual, tras aproximadamente  minuto y medio de rayante hilo musical, se puso al aparato y después de asegurar que se alegraba de que ya se encontrara mejor y tras escuchar las razones alegadas por Emilio para evitar aquel castigo, él presentó sus contundentes razones para eludir su petición:

—Debe saber, jovencito, que el hecho de que tal cantidad de alumnos no hubiese llevado a cabo sus tareas, no fue más que un precipitante que me llevó como represalia a sencillamente adelantar la fecha de un control que desde hace tiempo pensaba hacerles, para que así estos alumnos irresponsables se den cuenta de que sus actos, en este caso la carencia de ellos, afecta al desarrollo normal de la clase. Por lo que independientemente de su semana de ausencia, usted y su compañero, el señor José Genaro Segismundo también tendrán que hacerlo sí o sí.

—Pero no me parece justo. Según he sabido, usted ha dicho que ese control hará media con el examen final y nosotros, José Genaro Segismundo y yo no estamos en igualdad de condiciones que el resto— apuntó Emilio pronunciando también él los tres nombres de su colega de castigo, cuya desventaja en realidad a él le traía al pairo.

—Ya había pensado en ello, por lo que tanto su examen como el de José Genaro Segismundo  tendrán una pregunta menos que del resto de sus compañeros, la única referida a la materia de estos últimos días.

Después de aquella conversación telefónica, Emilio se dio cuenta de que aquel iba a ser un fin de semana realmente intenso, ya que a pesar de lo se había propuesto aquel curso como repetidor, el inglés era la única asignatura que no llevaba al día. A fin de cuentas era una de las pocas que había aprobado el año anterior, pero aún así iba a tener que empeñarse a fondo.

—Este fin de semana podemos quedar y estudiar juntos. ¿Te dejarán?—sugirió Lorena.

—Supongo que sí. Aunque dudo que me dejen salir de casa. Por un lado porque aún no estoy recuperado del todo y por otro por lo del castigo, así que lo mejor sería que Richi y tú vinierais a mi casa. Pablo no puede decir que no porque no sería una reunión de amigos, sencillamente vendríais a ayudarme con la materia de esta semana, ésa sobre la que él no sabe que ni a José Genaro Segismundo ni a mí nos preguntarán. ¿Te parece bien?

 

 

Caminaron durante unos minutos más y a lo lejos pudieron ver las luces de la feria. El lugar estaba lleno de gente curioseando por los cientos de puestos que vendían animales, alimentos, prendas de vestir, útiles del hogar y un sin fin de utensilios extraños que ninguno de los dos supo identificar.

Comenzaron a ojear todo aquello, y en su recorrido se cruzaron con el tabernero de Mereda, aquel que se había convencido de que de los dos, sólo Lorena era una durmiente, el cual pareció no reconocerlos. Los dos chicos continuaron caminando tranquilamente entre los puestos, hasta que pocos minutos después, Emilio tuvo una visión. Cogió a Lorena por la mano y tiró de ella.

— ¿Qué ocurre?

—La Guardia— dijo tratando de caminar entre la multitud—. ¡Si no desaparecemos nos matarán!

Cuando salieron de entre la muchedumbre, corrieron por el bosque. Se ocultaron tras unos arbustos frondosos y la Guardia cabalgó alejándose del lugar en el que se escondían.

—Fue el tabernero el que cuando nos vio alertó a la Guardia.

— ¿Por qué?

—Me parece que cuando nos fuimos de su taberna, alguien vio como ambos nos volatilizábamos, confirmando de este modo que los dos somos durmientes—explicó Emilio compartiendo con Lorena su visión.

—Jo, ha estado cerca—se lamentó ella.

—Creo que deberías aprender a despertarte cuando lo desees. Así, si otra vez volvemos a estar en peligro con despertarnos todo estaría solucionado.

—Tienes razón. Pero me temo que yo no tengo tu don.

—Sólo concéntrate y piensa únicamente en despertar. Pronto lo dominarás, aunque no tengas el don.

Lorena permaneció largo rato intentándolo.

—No soy capaz.

—Venga, puedes conseguirlo.

Llevaba ya un buen rato intentándolo, cuando Emilio observó como el cuerpo que Lorena se iba difuminando, hasta desaparecer por completo.

—Le ha costado pero finalmente lo logró—se dijo.

Escondió la capa en el tronco de un árbol y también él se despertó.

 

 

Pablo accedió a que Lorena y Ricardo fueran a su casa cuando Emilio le explicó lo del control, por supuesto omitiendo las características reales del suyo.

—Ya sé que tres son multitud, pero también yo necesito ayuda si pretendo superar el examen —se excusó Ricardo cuando los tres se sentaron delante de la mesa en la que Emilio había distribuido todo lo preciso para aquella clase de refuerzo.

—Tranquilo Richi. No hay ningún problema. Estamos en mi casa y sin tu presencia, la de Lorena no estaría permitida y por eso ni ella ni yo nos tomamos este encuentro como una cita.

 

 

Los tres compañeros se encontraban realmente centrados en las tareas que llevaban a cabo, cuando Ricardo se dio cuenta de la hora que era ya.

—Lorena, son casi las ocho—indicó Ricardo, que había acordado con ella que a esa hora ambos tomarían juntos el autobús.

Emilio acompañó a sus amigos hasta la verja de salida.

—Aunque esta asignatura no me gusta demasiado, ha sido muy agradable sufrirla con vosotros. Bueno, hasta el lunes, chaval— se despidió Ricardo antes de separarse de ellos para que de este modo la pareja pudiera despedirse a sus anchas.

—Y todo ha sido gracias a esta profe tan estupenda que tenemos—aseguró Emilio, que besó los labios de Lorena.

—Pero, ¿qué está pasando aquí, jovencito?—vociferó Pablo tras ellos.

—Sólo era un beso de despedida—justificó Emilio.

—No quiero imaginar lo que ha podido pasar esta tarde.

—Sólo hemos estado estudiando.

—No he nacido ayer, jovencito. Señorita, le rogaría que regrese a su casa. No permitiré esta clase de espectáculos en la mía.

Emilio miró a Lorena. Estaba pálida como el mármol, incapaz de articular una sola palabra.

—Escucha, nosotros…

— ¡No, escúchame tú!—vociferó—. Quiero que tu amiguita salga de mi casa—exigió pronunciando la palabra amiguita con un ofensivo timbre.

—Señor, nosotros sólo…

Pablo se apartó de ellos sin decir nada más.

—Tengo que hablar con él y decirle que…

—Tranquila, yo lo haré. Es un imbécil. No pienses más en ello.

La acompañó hasta la parada del autobús donde Ricardo esperaba, convencido de que las cosas no iban a quedarse así.

— ¿Ha pasado algo?—inquirió éste al darse cuenta de que los ojos de Lorena estaban humedecidos.

—Nada de lo que haya que preocuparse—aseguró Emilio que con su mano secó la mejilla de Lorena—. No te preocupes, cuando llegue a casa hablaré con él y lograré que se arrepienta de lo que ha dicho.

 

 

Cuando sus amigos subieron al autobús, Emilio regresó a casa y cerró con un portazo.

— ¿Qué son esos modales?—le recriminó Pablo.

—Lo mismo te digo. ¿Por qué la has echado de esa manera? No hacíamos nada malo, sólo nos despedíamos como lo hace cualquier pareja.

— ¿Olvidas donde os encontrabais en ese momento?

—Junto a la entrada de la finca. ¡En la puta calle!

—Sólo con analizar el vocabulario que empleas, uno puede hacer conjeturas sobre la clase de valores que posees.

— ¿Y tú? ¿Sabes tú lo que son los valores?

—Sí, por eso te prohíbo que vuelvas a verte con esa chica.

—Lorena y yo sólo nos besábamos. Además, si fuésemos a hacer otra cosa, te aseguro que no sería en  tu puñetera casa.

Pablo le dirigió una severa mirada.

—Me temo que voy a tener que prohibirte que sigas viéndote con esa desvergonzada.

—Me parece que soy mayorcito para…

—No mientras vivas bajo mi techo. Cuando tengas tu propia casa, podrás actuar según tus deseos. Pero mientras tanto te moverás según los míos.

—No puedes prohibirme que esté con mi novia.

— ¿Me estás desafiando?

—Sería un modo de definirlo.

—No te mezclarás con una cualquiera que se comporta de manera impúdica en una casa extraña.

—Te prohíbo que insultes a Lorena.

—Tú no eres nadie para prohibirme nada.

—Estoy hasta el culo de ti.

—Cuida tu vocabulario, jovencito.

—Me cago en la leche: no vuelvas a llamarme jovencito. Jovencito por aquí, jovencito por allá… ¡Estoy harto! Y sólo te digo una cosa: lo perdí todo cuando mi madre se casó contigo. A mis amigos, mi instituto, mi casa, mi ciudad, mi padre… Ahora no pretendas que renuncie a la única cosa buena que he encontrado en esa mierda de colegio.

—No quiero escuchar ni una palabra más. Ve a tu cuarto. Tu madre se enojará mucho cuando sepa lo que ha ocurrido.

Subió corriendo a su habitación. Cerró su puerta con pestillo. No podía permitir que Pablo lo viese llorar. Hacía ya tanto tiempo que no lloraba, que no podía recordar cuando lo había hecho por última vez.

En los últimos años su vida iba cuesta arriba. Primero las peleas entre sus padres, la separación, el divorcio, la aparición de Pablo, la boda entre éste y su madre, las constantes peleas entre Pablo y él… ¿Y por qué ahora que todo iba bien le hacía esto? Parecía como si quisiese apartarle de todo lo que amaba.

Se consoló pensando en que Lorena y él estarían juntos en el colegio y lo más importante: en sus sueños. Eso era algo que Pablo no podía robarles por mucho que se propusiera hacerlo.

 

 

Por la noche encontró a Lorena llorando.

—No llores—susurró Emilio abrazándola.

—Reconozco que fuimos imprudentes al besarnos a la puerta de tu casa, pero no fue para tanto.

—Tranquila, aún nos quedan el colegio y nuestros sueños.

—Te ha prohibido que me veas, ¿verdad?—Emilio no contestó—. Sabía que algo así no iba a durar mucho. Era todo demasiado perfecto para ser duradero.

—No tengo la menor intención de seguir sus absurdas órdenes. Además nuestros sueños aún duran—susurró y la besó.

 

 

Emilio terminó de hacer el control de inglés y salió al pasillo. Lorena lo esperaba.

— ¿Qué tal te ha salido?—quiso saber él.

—Creo que bien, ¿y a ti?

—También. Después de haberla aprobado el curso pasado y teniendo éste una compi de estudios como tú, no podía ser de otro modo.

—Señor Sastre—escuchó a sus espaldas.

— ¿Qué desea, Señor Ibáñez?

— ¿Podría acompañarme a mi despacho?

—Desde luego. Chao, Lorena—se despidió guiñándole un ojo.

Caminó detrás de su tutor.

 

 

Llegó a su casa hecho una furia. Cerró la puerta de un portazo. Escuchó ruidos en la cocina y fue hacia allí. Su madre lo miró sorprendida.

— ¿Dónde está?

— ¿Quién?

—Tu maridito.

— ¿Me buscabas?

Escuchó a sus espaldas como Pablo entraba en la cocina sonriente.

—Eres un…

—Esa lengua—le recriminó su madre

— ¿Por qué me haces esto?

— ¿Alguien quiere explicarme qué es lo que ocurre?—preguntó su madre.

—Tu querido Pablo ha hablado con mi tutor para que me cambie de clase.

—Te advertí que no permitiría que te relacionaras con esa chica.

—Y yo sólo te digo una cosa: esto que has hecho lo pagarás muy caro.

Pablo lo miró con indiferencia. Emilio salió de la cocina.

Ahora  estaría  en otra  clase, en otro  pabellón,  lejos  de Lorena.

Piensa  en  los sueños, se  dijo,  piensa en los sueños.

 

 

El  sábado su padre fue a buscarlo. Cuando salió de la casa vio como hablaba con Pablo.

—Aquí lo tienes—dijo al ver llegar a Emilio.

—Saluda a Irene de mi parte cuando llegue.

—Está bien. Que paséis un buen día. Hasta la vista, Martín.

Emilio subió al coche. Éste se puso en marcha y salieron de allí.

Comieron en una pizzería.

—Desembucha.

— ¿El qué, papá?

—Te conozco y sé que hay algo que te preocupa.

—No pasa nada.

—Se trata de Pablo, ¿verdad?—Emilio asintió—. Venga, se supone que soy tu padre, ¿no?

—Había decidido no contarte nada para no amargar las únicas horas que podemos pasar juntos.

Su padre insistió y Emilio acabó compartiendo con él el hecho de que Pablo había exigido al colegio que lo cambiaran a un grupo que recibía sus clases en otro pabellón, las cuales comenzaban media hora antes que las de aquel en el que había estado hasta ahora.

—Además, ahora un microbús del colegio me recoge cada día en la puerta de casa y me lleva hasta el colegio, donde siempre hay alguien vigilando que el supuestamente díscolo grupo que transportan entre directamente en el pabellón, del mismo modo que a la vuelta no se separan de la puerta de nuestras casas hasta que no estamos dentro.

—Pero cuando estabas con tu novia, ¿solamente os besabais?

— ¡Claro! Además estábamos fuera de la casa, junto a la verja de la salida. ¿Te crees que íbamos a hacer algo más estando él en casa? Estoy seguro que de ser así no haría que me cambiaran de clase, sería capaz de… ¡No quiero ni pensarlo!

— ¿Quieres ir a ver a tu chica hoy?

—No, papá. Ahora estoy contigo. Además nosotros tenemos un modo para vernos a escondidas sin que nadie tenga ningún modo de averiguarlo.

—Te pediría que me contaras ese método que empleáis, pero prefiero no saber nada, así vuestro secreto seguirá a salvo siendo sólo vuestro. Pero nunca olvides que si en alguna ocasión necesitas de mi colaboración para encontraros, no dudes en recurrir a mí. Y que conste en acta que yo no he dicho nada sobre eso, ¿eh? No me gustaría que tu madre y Pablo me crucificaran por malcriarte.

—Pero si yo ya estoy muy bien criado—aseguró Emilio y los dos rieron—Papá, te echo de menos.

—También yo a ti, hijo. También yo.

 

==>CAPÍTULO 10