La maldición de las campanas

   Aquel era un pueblo extraño. Este tenía un campanario, aunque curiosamente sin campanas.

   Un anciano compartió conmigo la leyenda, esa que decía que desde hace mucho tiempo por allí no había campanas, porque un extraño alcalde hace siglos las mandó quitar, ya que según él por las noches sonaban a muerto y no le permitían descansar.

   Los difuntos ofendidos porque con esta acción sus voces el alcalde había enmudecido, lanzaron una maldición que según dicen, hoy en día todavía continúa y a causa de la cual, fenómeno por lo visto en diversas ocasiones comprobado, cualquier campana que se coloca en aquel campanario en el que ninguna cigüeña anidó después de la maldición, no emite sonido alguno, fenómeno para el que nunca nadie ha sido capaz de encontrar un motivo lógico y racional.

   Y es que por lo visto las únicas campanas que se escuchan por allí son las que profetizan alguna muerte, las cuales, y a modo de anuncio, sólo el próximo difunto percibe.

   Esta curiosidad, a diferencia del silencio de las campanas, no ha podido ser comprobada, porque nunca nadie se ha despedido tras escuchar las campanas, tal vez porque esto sucede pocos instantes antes del final y no les da tiempo a hacerlo, o porque todos prefieren irse en silencio sin confirmar esa leyenda que falsa o cierta, está claro que, con campanas o sin ellas, nunca morirá.

La maldición de las campanas (c) Ana María Otero

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