Sólo él

Soñé que sus labios besaban mi cuello y me estremecí mientras las hábiles manos del protagonista de mis fantasías exploraban mi cuerpo intentando desvelar todos sus secretos.

Pero el sueño, como todos los sueños, acabó y yo suspiré abriendo lentamente los ojos para descubrir tumbado a mi lado y mirándome embelesado al actor principal de mis ensoñaciones.

—Siento envidia—confesó.

—¿Envidia?—pregunté como si no conociera aquella guasa.

—Sí, envidia del que está contigo y te hace sonreír cuando estás en lugar al que yo no puedo llegar, de ese que cuando duermes te hace gemir.

—¿Gimo en sueños?

—Gemir, gemir, no. Pero a veces en tu cara encuentro ese mismo gesto que yo, pobre iluso, me permitía fantasear que en ti sólo yo era capaz de provocar—confesó mostrando un fingido mohín doliente.

—¿A quién pretendes engañar? Lo dices como si no supieras que ni siquiera en sueños me dejas en paz.

Él sonrió y otra vez, como cada mañana, el sueño se hizo realidad.

Sólo él(c) Ana María Otero

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