Un cuento ¿sin final?

 Imagen de Bianca Van Dijk en Pixabay (recortada)

  Un  día cualquiera, en un taller de ocio como todos los demás, niños y mayores ocupaban su tiempo con tareas variadas. Unos dibujaban, otros tejían o cosían… Algunos leían cuentos u ojeaban revistas, mientras varios moldeaban figuras con barro, entretanto junto a una ventana y de sillas rodeado, un hombre joven contaba con agradable voz una historia por lo visto inacabada:

   —Ese día había sido el cumpleaños de Olivia y en aquellos momentos ella tenía en sus manos uno de los regalos que le habían hecho. Ni más ni menos que un teléfono de color naranja con seis teclas. La más grande de todas era naranja y cuando se pulsaba se escuchaba como un duende a su lado dibujado repetía RING, RING, RING…, hasta que alguien descolgaba el auricular. Las otras cinco teclas, en lugar de números como el teléfono de la entrada, tenía cada una, una de las vocales, que el duende leía cuando se pulsaba. Olivia sabía que había muchas letras más y ella quería conocerlas todas, pero primero estaba aprendiendo las vocales con la ayuda del duende.

   Ahora Olivia no tocaba el teléfono, sólo lo miraba colocado a su lado, pero ella no se asustó cuando el RING, RING, RING  se escuchó y muy contenta descolgó el auricular para responder a la primera llamada que recibía en su teléfono a pesar de que papá y mamá le habían dicho que eso no podía pasar porque ese no era de verdad.

   —Dígame—pidió igual que siempre hacía mamá cuando descolgaba el teléfono.

   —Me—escuchó que decía al otro lado la voz de un niño y Olivia, a la que hizo gracia escuchar aquella respuesta, se echó a reír y al poco rato otra risa se unió a la suya.

   —Hola. ¿Por qué me llamas?

   —Yo no te llamé.

   —Mi teléfono sonó.

   —Yo sólo apreté sin soltar la letra O para ver como sonaba.

   —Entonces mi teléfono sonó porque apretaste la O y yo soy Olivia, con O.

   —Y yo Emilio, con E, pero mi teléfono es de juguete.

   —El mío también y me lo regalaron hoy porque es mi cumple.

   —También a mí me lo regalaron hoy porque es mi cumple.

   Los dos niños hablaron durante mucho tiempo contándole lo que les gustaba, lo que les daba miedo y todos sus secretos a ese mejor amigo para toda la vida que ahora cada uno tenía.

   —Jo, mamá dice que tengo que ir ya a cenar.

   —Yo también me tengo que ir.

   —A lo mejor te llamo mañana. Chao—se despidió antes de colgar.

   Olivia iba a hacer lo mismo pero tuvo una idea. Como ya la conocía, buscó la letra E de Emilio y mientras su madre la llamaba porque se iba a enfriar la cena, ella apretó durante un rato la tecla hasta que escuchó al otro lado del auricular:

   —Dígame.

   —Me—respondió Olivia y los dos volvieron a reír— Mi mamá dice que si no voy me quita el teléfono.

   —Pues vete y que no te lo quite porque mañana a lo mejor te llamo—le recordó antes de colgar.

   Al día siguiente, después de desayunar, Emilio se acercó a su teléfono y pulsó sin levantar el dedo la letra O para hablar otra vez con su mejor amiga para toda la vida, pero aunque la apretó hasta que se cansó, Olivia no contestó. Pulsó la misma tecla un centenar de veces. Algunas lo hacía seguido, otras sólo durante un rato pequeñito, pero su amiga no descolgaba.

   Y eso mismo hizo cada día  deseando escuchar al otro lado la voz de Olivia, pero esto nunca sucedía. Y esa rutina repitió todos los días hasta que mucho tiempo más tarde, después de haber pulsado tantas veces la tecla O, esta se rompió.

   Emilio lloró y lloró, aunque sabía que aquella amistad nunca acabaría. Por eso nunca se enfadó con ella, ni olvidó a su mejor amiga para toda la vida, porque él sabía que tenía que haber un motivo importante para que ella no respondiera a sus llamadas.

   Y, niños, no os pongáis tristes porque como os dije antes, esta historia aún no está acabada y aunque los años pasan, Emilio saber que algún día conocerá el motivo por el que su mejor amiga para toda la vida no respondía a sus llamadas, porque cuando una amistad es verdadera esta será eterna.

   Así que no lo olvidéis: sed fieles a vuestros amigos y recordad que aunque no lo conozcáis, siempre hay un motivo que justifica los inconvenientes inesperados—concluyó, sintiendo a pesar de su sonrisa una opresión en el pecho, esa que se repetía cuando cada día de su vida se recordaba aquello a sí mismo.    

   Después de aquella enseñanza, los niños se dirigieron hacia otras actividades y él recogía sus cosas, cuando uno de los niños que había escuchado su cuento se acercó a él.

   —Yo conozco como sigue el cuento—aseguró este.

   — ¿De verdad?—preguntó, y muy serio, el niño asintió.

   —El teléfono lo rompió Pluso, porque como era tonto, cuando sonó se asustó y lo mordió.

   — ¿Pluso? ¿El perro de Olivia?—preguntó él trayendo a su mente los datos de aquella conversación que nunca había olvidado y el niño asintió otra vez.

   — ¿Y tú como sabes eso?

   —Porque mi mamá me cuenta muchas veces ese cuento.

   — ¡Emilio!—vociferó otro niño a lo lejos y los dos, dándose por aludidos, dirigieron hacia él sus miradas.

   — Me llaman—enunció el pequeñín antes de acercarse sonriendo a su amigo.

   —Espera, no te vayas. ¿Dónde está ella ahora?—preguntó Emilio adulto, pero para su desespero, Emilio niño se apartaba veloz.

   Iba a ir detrás de él cuando sintió una mano apoyándose en su hombro.

   —Estoy aquí—susurró entonces una mujer y él, sintiendo un impulso inexplicable pronunció:

   — RING, RING, RING…

   —Dígame.

   —Me.

   — ¿Emilio?

   —Han pasado muchos años, pero sabía que algún día mi llamada recibiría respuesta.

   Los dos sonrieron cuando vieron por primera vez el rostro de aquel al que desde hacía años, después de aquella aunque intensa única charla que en algún momento cada uno de ellos había temido que no hubiese sido real, siempre habían considerado  como su mejor amigo para toda la vida.

© Ana María Otero

Celtas Cortos – Cuéntame un cuento 

4 comentarios sobre “Un cuento ¿sin final?

  1. Qué historia tan bonita y emotiva. A veces la vida nos separa por circunstancias que no entendemos, pero los recuerdos y las amistades sinceras siempre encuentran el camino para volver a encontrarse. Me dejó una sonrisa y el corazón lleno de esperanza.

    1. Me alegra haber despertado en ti esas sensaciones con este relato.
      Sí, hay que tener confianza en el destino y en que lo que es real no se borra ni con el paso del tiempo.
      Gracias por este comentario, Lincol.
      Te deseo un buen fin de semana.

Deja un comentario