
Desde la ventana veo el mar.
Olas calmadas que vienen y van,
trayendo consigo un embriagador aroma a sal.
El mismo que día tras día acerca a mí
el recuerdo lejano del sabor de su piel mojada,
el de las gotas que empapaban su cuerpo
y por el que se deslizaban marcando,
como si yo nunca lo hubiese explorado,
el camino a seguir para alcanzar
un lugar que yo ya había conquistado.
Otra vez sonreí recordando aquel cuerpo exquisito
que con el final del verano desapareció y nunca más volvió.
Ese que día tras día,
mes tras mes, año tras año,
el mar se ocupa de que nunca olvide.
Un recuerdo imborrable.
Un sueño de amor que con el verano empezó
y, para mi desdicha,
con él también terminó.


Un recuerdo imborrable (c) Ana María Otero
Todos los derechos reservados. Esta obra está protegida por las leyes de copyright y tratados internacionales.
Bueno… duró lo que tenía que durar y hay cosas que, sinceramente, si no vuelven casi que mejor. Un abrazo!
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Qué paisaje tan bello a través de las palabras, un horizonte hecho de vida.
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