
Al despertar un torrente de lágrimas
le cubría el rostro.
Ante tamaño desespero,
con mis brazos rodeé su cuerpo.
—No llores que fue sólo un sueño.
El despertar llegó y el mal trago ya acabó.
Fue una pesadilla, algo que no pasó
y que en la vida real nunca sucederá
—susurré creyendo que así mitigaría su dolor,
pero entonces dirigió hacia mí una mirada
en la que encontré tanto pesar
que sin lugar a dudas
con la alegría del mundo,
con toda la felicidad,
por si sola podría acabar.
—Tienes razón.
Eso no va a pasar,
no se hará realidad
y por ello me siento mal
—indicó sin dejar de llorar—.
No fue un mal sueño que ya acabó.
La pesadilla comenzó al apartarme
de una maravillosa utopía
que fuera de mi ensueño,
tal y como tú dices,
nunca llegará a ser real
—confesó con desdicha
tras confirmar que el sueño de su vida
una vez más se volvía a esfumar.


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